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¿Es posible viajar "sin dejar (mala) huella"?

  • jgarvin19
  • 31 jul
  • 3 Min. de lectura

Con la llegada de agosto, millones de personas se preparan para iniciar sus vacaciones, un momento esperado del año que, sin embargo, también representa un reto ambiental. ¿Es posible viajar sin contribuir al deterioro del planeta? Desde el ámbito académico, la respuesta no es tajante, pero sí apunta a la necesidad de transformar nuestra forma de movernos, consumir y descansar.


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Asier Divasson, investigador en sostenibilidad y movilidad de la Universidad de Deusto, subraya que el turismo, tal como lo entendemos hoy, representa en torno al 9 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. “No se trata de dejar de viajar, sino de replantear qué entendemos por desconexión”, explica.


Para muchas personas, salir del entorno habitual significa recorrer cientos o miles de kilómetros, pero Divasson propone una mirada más próxima. Apostar por escapadas locales, reducir la dependencia del coche o del avión, y buscar experiencias menos invasivas puede tener un impacto significativo, tanto ambiental como personal. “A veces, basta con cambiar de ritmo, no de lugar”, señala.


Viajar con conciencia: una decisión política y social


La sostenibilidad no es solo una cuestión de naturaleza. También implica pensar en cómo nuestras decisiones afectan a las comunidades que visitamos. “Cada elección —desde el alojamiento hasta el tipo de consumo— contribuye a configurar la economía y la cultura de un destino”, advierte el investigador.


En este sentido, favorecer a negocios locales frente a grandes cadenas, consumir productos del entorno y respetar los ritmos del lugar son formas de ejercer un turismo más justo. “No podemos desligar la sostenibilidad ambiental de la social. El respeto por el planeta empieza por el respeto a las personas que lo habitan”, afirma.


Esta mirada invita a practicar un turismo menos extractivo y más constructivo, que no agote recursos ni transforme territorios solo para el disfrute de quienes llegan, sino que contribuya activamente a su preservación.


Menos velocidad, más sentido


Una de las propuestas más en auge es el slow travel, una forma de viajar que prioriza el proceso frente al resultado. En lugar de acumular destinos, se trata de habitar los lugares con tiempo y atención, dejando espacio a la contemplación y al descanso real.


Este enfoque pone en valor medios de transporte como el tren, donde el trayecto se convierte en parte del viaje, y donde las pausas, las conversaciones y los paisajes ofrecen otra forma de descubrir el mundo. El creciente interés por el Interrail entre jóvenes europeos es un ejemplo de cómo nuevas generaciones están recuperando una manera de viajar más pausada y menos agresiva para el medio ambiente.


Cuando no hay alternativa al avión, reducir el número de vuelos y alargar la estancia puede ayudar a mitigar el impacto. También elegir alojamientos con políticas ambientales activas, certificados ecológicos o compromiso con la comunidad local puede marcar una diferencia significativa.



¿Sostenibilidad para todos?


A pesar del creciente interés por estas prácticas, Divasson advierte que el turismo sostenible sigue siendo, en muchos casos, inaccesible para una parte de la población. “Los recursos económicos, la ubicación geográfica o la falta de alternativas de transporte limitan estas opciones. Hoy, viajar de forma responsable sigue siendo un privilegio”, lamenta.


Finalmente, recuerda que actuar con conciencia no debe convertirse en una fuente de ansiedad. “La coherencia ambiental es importante, pero no puede ponerse por encima del bienestar personal. La salud mental también es parte de un modo de vida sostenible”.


Redacción KISS the Planet (Agencias)

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