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Campo europeo: entre la sostenibilidad y la supervivencia

En las últimas semanas, Europa ha sido escenario de una oleada de protestas sin precedentes por parte del sector primario. Agricultores y ganaderos de países como Francia, Alemania, Bélgica, Italia, Polonia, Rumanía, Grecia, Portugal y España han salido a las calles, bloqueando carreteras y llenando ciudades con tractores, en una clara manifestación de descontento contra las políticas medioambientales de la Unión Europea.



Las movilizaciones, que han alcanzado un punto álgido con una concentración histórica en Bruselas, evidencian una profunda brecha entre las ambiciones ecológicas de la UE, personificadas en la Agenda 2030 de la Comisión Europea liderada por Úrsula von der Leyen, y las necesidades reales de quienes trabajan la tierra. El núcleo del descontento radica en medidas como la reducción obligatoria de fertilizantes en un 20 % y la asignación de un mínimo del 4 % de tierras cultivables a actividades no productivas, percibidas como amenazas directas a la viabilidad económica y la seguridad alimentaria de Europa.


La Política Agrícola Común (PAC), pilar fundamental del sector, se encuentra en la mira por estas directrices que, aunque buscan fomentar una actividad más sostenible, chocan con la realidad del campo. La situación se complica aún más con la introducción de la Ley de Restauración de la Naturaleza, cuya tramitación ha sido motivo de intensa polémica y acusaciones de "fanatismo climático" por parte de asociaciones agroganaderas.

Este conflicto no se limita a la esfera local; la competencia desleal generada por importaciones de terceros países que no están sujetas a las rigurosas condiciones medioambientales europeas agrega una capa adicional de frustración. Productos como tomates marroquíes o naranjas israelíes encuentran su camino hacia los mercados europeos a precios más competitivos, exacerbando las dificultades de los productores locales.


En respuesta, el sector agrario clama por una "paralización legislativa" ante lo que describen como un "tsunami" de regulaciones europeas. Figuras como Juanvi Palleter, un influyente agricultor, han recurrido a las redes sociales para amplificar este llamado a la unidad y la acción colectiva, más allá de ideologías, en defensa de la soberanía alimentaria y contra la ruina.


A pesar de las dificultades, las protestas han logrado ciertas concesiones, como la suspensión del plan francés para reducir el uso de pesticidas. Sin embargo, el debate está lejos de concluir. La confrontación entre la necesidad de avanzar hacia prácticas agrícolas más sostenibles y la realidad económica y social del campo europeo permanece abierta, planteando interrogantes sobre cómo equilibrar estos imperativos en un futuro incierto.

 

Mientras tanto, el diálogo entre los agricultores, las autoridades y la sociedad en general se presenta como el único camino hacia una solución que garantice tanto la sostenibilidad ambiental como la viabilidad económica y la seguridad alimentaria. La revuelta del campo europeo es, en última instancia, un reflejo de las tensiones que emergen en la búsqueda de un desarrollo sostenible que no deje a nadie atrás.

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